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Cómo se respira en un lugar tan pequeño

Llevo días pensando si hay alguna manera de procesar todo esto. Yo todavía no asimilo todo lo que está ocurriendo; no me creo que mi vida—que nuestra vida—sea ahora esto: esta ausencia de vida. Digo ausencia porque todo parece arrebatado. Porque apenas hay experiencia de nada. Así se debía sentir Jane Eyre mirando por la ventana, quejándose de la falta de variedad en sus días, de la inmutabilidad del horizonte. De la estrechez.

Cómo se respira en un lugar tan pequeño. Cómo se siente una viva cuando se pierde el mundo, la interacción y la diferencia. Todos los días parecen iguales. Una especie de domingo infinito. Todo el mundo en su casa. Todo el mundo callado. O hablando, pero sin poder decir nada.

Me llaman; digo “no hay ninguna novedad”. Cómo va a haber nada de lo que hablar.

Estoy leyendo. Me alegro de haber abierto por fin “La resistencia íntima” de Josep María Esquirol. Es el libro perfecto para este momento: me ayuda un poco a entender qué me está pasando, a posicionarme.

Recuerdo perfectamente cuando vimos por primera vez el concepto de angst estudiando la carrera de Filosofía. Tal vez esta angustia aparezca por primera vez formulada claramente en Pascal (uno de mis filósofos favoritos):

«Nada más insoportable al hombre que vivir en pleno reposo, sin pasiones, sin quehaceres, sin diversiones, sin nada en que ocuparse. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío».

Entendía tan bien esto ya entonces.

Ahora vuelvo a sentirla. Pero de otra forma. Nunca antes había sido así.

No quería escribir exactamente esto. Parece que no se puede estar triste, que todos tenemos que mantenernos animados. No quiero que me animen. Me siento perfectamente legitimada para estar triste. Añoro. Añoro. Añoro.

Menos mal que Josep María Esquirol me dice:

La enfermedad es la cerrazón y, de algún modo, el cierre del tiempo (como si nada ocurriese ni pudiera ocurrir ya). Volver al día a día es volver a la vida; es redescubrir la oportunidad del día a día, y sus demandas e invitaciones: he aquí la suerte de poder volver a la normalidad (también en términos políticos: del estado de excepción a la normalidad). Volver a la normalidad, volver a la cotidianidad es una bendición.

II. Miedo o deseo / clausura o apertura

Hace poco pregunté a mis seguidores de Instagram qué deseaban para ellos mismos y si tenían miedo. Me siento muy afortunada y muy agradecida porque muchos decidieron confiar en mí y contarme lo que les bullía por dentro con mucha honestidad. Los resultados eran muy iluminadores.

Casi todos deseaban alcanzar la paz mental, la comodidad dentro de sí mismos, y encontrar a una persona con la que pudieran conectar a un nivel profundo. Ésa fue la palabra más utilizada: conectar. (Y es una palabra que me encanta.) Conectar implica abrirse al intercambio y establecer un diálogo donde haya tanto el encuentro del otro como de uno mismo.

Respecto al miedo, la respuesta fue unánime: todos tenían miedo. Miedo a no encontrar esa conexión—es decir, miedo a ser rechazados al mostrarse tal cual eran; miedo a la pérdida de esa conexión.

Cuando hice esas preguntas…era de esto de lo que quería hablar: de la relación entre deseo y miedo. En nuestro interior todos (o casi todos) albergamos el deseo de abrirnos al mundo, de darnos a conocer, y tenemos la esperanza de encontrar a personas que nos reconozcan y nos quieran por ser exactamente quienes somos. Sin embargo, también tenemos muchísimo miedo a abrirnos y encontrar rechazo, desinterés…

Sin embargo, la conexión no puede producirse sin ese momento de apertura: si no nos exponemos y nos atrevemos a ser vulnerables. Si nos quedamos encerrados por miedo al posible rechazo…en realidad conseguimos justo lo contrario: desconectarnos del mundo y de nosotros mismos.

Ante todas las experiencias de la vida sólo caben dos opciones: o la apertura o la clausura: o el atrevimiento o el miedo. Sin la vulnerabilidad—sin el valor de exponernos al daño—nunca lograremos experimentar nada, ni conectar con nada. Ahí está la pregunta interesante: ¿te atreves a ser vulnerable? ¿Tu deseo es más grande que tu miedo?

I: decisión

Llevo tiempo pensándolo; pero entre el pensamiento y la acción hay un elemento de radical importancia: la decisión. La decisión lleva un instante, pero requiere concentrar toda la fuerza en un solo golpe. Como un relámpago.

Me he decidido: he concentrado mi fuerza en el puño, en los dedos, en los labios. O la fuerza se ha concentrado y la decisión me ha tomado a mí. Creo que no siempre está claro quién tiene a quién. Estoy segura de que algunas cosas nos eligen a nosotros y no nosotros a ellas: como el amor. O la escritura.

De eso trataba, de la escritura. La escritura me eligió. No la elegí yo. Y la prueba está en que no he conseguido zafarme de ella aunque lo haya intentado. Realmente lo he intentado. Si os cuento la verdad…le cogí miedo. Quise huir de ella. Correr a toda velocidad en dirección contraria.

Sin embargo, qué extraño verse a una misma sin la escritura.

Esta vez no voy a intentarlo. Esta vez voy a hacerlo.


Yoda, por una vez en la vida, voy a hacerte caso.